Hay libros que empiezan con una idea. Este empezó con una sensación bastante más difícil de explicar.
Llevaba casi diez años siendo padre cuando me di cuenta de que había muchas cosas que me habían pasado durante ese tiempo de las que apenas había hablado con otros hombres. No porque fueran grandes secretos. Ni porque fueran especialmente terribles. Simplemente, no habíamos tenido esa conversación.
De embarazo se habla. De parto, lactancia, sueño, alimentación, educación, rabietas, pantallas, colegio… también. Hay libros, podcasts, cuentas de Instagram y especialistas para prácticamente cada etapa de la crianza.
Pero ¿qué pasa por la cabeza de un hombre cuando se convierte en padre?
¿Qué ocurre con la persona que eras antes? ¿Con tu pareja? ¿Con el sexo? ¿Con tu tiempo? ¿Con tus amigos? ¿Con tu libertad? ¿Con tus miedos? ¿Con la culpa? ¿Con esa sensación incómoda de querer muchísimo a tus hijos y, al mismo tiempo, echar de menos algunas cosas de la vida que tenías antes?
De ahí sale Y de repente eres padre. Lo que nunca decimos en voz alta.

Esto no es un manual de paternidad
Conviene decirlo pronto porque no quería escribir un libro sobre cómo criar a tus hijos. No tengo diez consejos para ser mejor padre. Tampoco una fórmula para que una pareja sobreviva a la llegada de los niños. Ni siquiera estoy demasiado seguro de haber entendido todavía cómo funciona todo esto. El libro empieza, de hecho, mucho antes de tener un hijo. En ese momento en el que uno decide —o no— ser padre.
«Nunca sabré si me equivoqué. Nadie puede saberlo. Ni si habría sido mejor antes, después o nunca. Vas a buscar argumentos que validen tus decisiones. Vas a justificar tus actos para sentir que hiciste bien. Que decidiste lo mejor.»
Yo fui padre con 43 años. Antes había viajado, vivido fuera, cambiado varias veces de vida y disfrutado mucho de algo que siempre ha sido importante para mí: decidir qué hacer con mi tiempo. Quería ser padre. De eso no tengo ninguna duda. Pero querer serlo no significa saber lo que viene después.
«Probablemente nadie está preparado para ser padre. Tú te haces una idea, pero no te imaginas todo lo que supone. Lo que implica. El sacrificio. Las renuncias. Es una decisión que tomas un poco a ciegas porque se supone que es genial.»
El libro recorre ese camino desde el embarazo hasta casi diez años después. El parto. Los primeros meses. La lactancia. La sensación de no saber exactamente cuál es tu papel. Las diferencias dentro de la pareja. El sexo. Las discusiones. El cansancio. Viajar con hijos. Educar. Equivocarte. Volver a equivocarte. Y darte cuenta, con el tiempo, de algunas cosas que probablemente habría sido bastante útil saber antes.
La parte que cuesta más contar
No quería escribir solo sobre la parte bonita. De esa ya hablamos bastante. Quería entrar también en los lugares menos cómodos. En aquellos momentos en los que la realidad se parece muy poco a la idea que tenías de la paternidad. En el libro hablo de algo parecido a unas fases de la paternidad. No tienen ninguna validez científica. Son las mías. Una forma de intentar entender lo que me pasó durante aquellos años. Hay negación, ira, resignación… y momentos como este:
«Tus expectativas se han venido abajo. Lo que imaginabas, se ha convertido en una lucha casi diaria. Respiras cuando no están. Y eso también duele.»
Respiras cuando no están. Y eso también duele.
Quizá esa frase explique bastante bien por qué quería escribir este libro. Porque se puede querer a tus hijos más que a nada y necesitar que se vayan un rato. Puedes estar dispuesto a dar la vida por ellos y preguntarte, en un día horrible, para qué demonios te metiste en esto. Puedes querer estar presente y sentirte completamente fuera de lugar. Una cosa no necesariamente invalida la otra. Y creo que reconocer esas contradicciones puede ser bastante más útil que fingir que no existen.
También es un libro sobre pareja
Era imposible escribir sobre mi experiencia como padre sin escribir sobre Lucy. Porque mientras yo intentaba averiguar qué me estaba pasando, ella estaba allí. Viviendo su propia maternidad y, además, intentando entender a alguien que muchas veces tampoco se entendía a sí mismo. En el embarazo ya apareció una sensación que después volvería de distintas maneras:
«De repente, nadie me preguntaba nada. Nadie me pedía opinión. Nadie me miraba siquiera. Está claro que no eres el actor ni la actriz principal. Pero es que, en algunos momentos, no llegas ni a actor de reparto.»
No lo cuento como una reclamación. Mucho menos como una competición entre padres y madres para decidir quién lo tiene peor. Lo cuento porque eso también estaba pasando. Y porque muchas veces los problemas no empiezan porque uno quiera hacer daño al otro. Empiezan porque cada uno está viviendo algo diferente y da por hecho que el otro lo está viendo de la misma manera.
«Lo que uno hace con toda la buena intención no tiene por qué ser lo que le viene mejor a otra persona. Lo que haces casi sin darte cuenta puede ser como un tortazo a mano abierta.»
Por eso hay bastante pareja en estas páginas. Hay discusiones. Hay sexo. Hay reparto de tareas. Hay carga mental. Hay incomprensión. Hay momentos en los que uno no llega y momentos en los que el otro carga con demasiado. También hay aprendizaje.

Una conversación entre hombres. Pero no solo para hombres
Una de las razones para escribirlo fue echar en falta conversaciones de este tipo entre nosotros. No sobre qué carrito comprar. Ni sobre si el niño duerme. Ni sobre el colegio. Sobre nosotros. Sobre cómo estamos viviendo todo esto. Al final del libro escribo:
«Creo que a los hombres que son o van a ser padres nos falta información, histórico, conversación y niños alrededor.»
Así que sí: Y de repente eres padre está escrito especialmente para hombres que son padres, que van a serlo o que están pensando si quieren serlo. Pero no solamente. Desde el principio tuve claro que también quería que pudiera leerlo una mujer. Que pudiera sentarse, de alguna manera, a escuchar desde fuera esa conversación. Quizá para entender algunas cosas. Quizá para discrepar de otras. Quizá para preguntarle después a su pareja: «¿A ti también te pasó esto?». Si ocurre eso, el libro habrá servido para bastante.
No hay demasiadas respuestas
No las tengo. Hay experiencias. Dudas. Algunas conclusiones provisionales. Bastantes errores. Humor. Incomodidad. Amor. Miedo. Sexo. Viajes. Renuncias. Discusiones. Momentos absurdos. Otros bastante dolorosos.
Y Koke y Tindaya, claro. Porque el libro habla de ellos aunque, en realidad, no sea un libro sobre ellos. Es sobre lo que me ocurrió a mí cuando llegaron. La paternidad ha sido probablemente uno de los cambios de vida que más me ha costado entender. Y no sería justo reescribir ahora aquellos primeros años desde la tranquilidad de quien ya ha pasado por ellos.
«No sería justo conmigo mismo si dijera lo contrario. Ha sido complicado y me ha costado mucho llegar hasta aquí. Puede que tu experiencia sea mucho más plácida. Piensa en ello. Sé sincero. Que no te dé miedo el análisis.»
Pero tampoco quería terminar ahí. Porque después de las dudas, del cansancio y de unos años en los que muchas veces no supe dónde colocarme, aparece otra cosa. Empiezas a mirar hacia delante. Y descubres que el problema ya no es todo lo que has perdido desde que llegaron. Es que algún día ellos se irán.
«Imagino que dentro de poco empezaremos a vivir las últimas veces. La última vez que prefieran irse a montar en bici con nosotros antes que irse con sus amigos. La última vez que bajen por la escalera y yo les esté esperando para darles un abrazo. La última vez que nos vayamos los cuatro de viaje.»
Quizá ese sea el viaje completo del libro. Empezar preguntándome qué demonios había pasado con mi vida cuando me convertí en padre y acabar preocupado porque, dentro de no demasiado, mis hijos empezarán a hacer la suya. Supongo que en medio está todo lo demás.

Y de repente eres padre
Y de repente eres padre. Lo que nunca decimos en voz alta es un libro sobre paternidad, sí. Pero también sobre pareja, identidad, miedo, culpa, libertad, amor y ese extraño proceso de intentar ser padre mientras sigues aprendiendo a ser tú. No pretende enseñar a nadie cómo hacerlo. Más bien abrir una conversación.
Y si después de leerlo te apetece hablar de alguna de estas cosas con tu pareja, con un amigo, con tu padre o con alguien que esté a punto de convertirse en uno… entonces habrá cumplido buena parte de lo que pretendía.
Nota: si te remueve y te resulta útil, por favor, deja una reseña. Es la única forma de que el libro llegue más lejos y pueda ayudar de alguna forma a otras familias.

