En un mundo globalizado, cada vez ocurre más a menudo: viajas lejos y, aun así, te encuentras lo de siempre. Las mismas marcas, los mismos gestos, las mismas opciones, los mismos hábitos… El lugar cambia, pero la experiencia se parece demasiado. Rituales sin territorio es una sátira visual sobre esa homogeneización.
Hace unos años, viajar era una forma elegante de perderse. Hoy es una forma eficaz de encontrarse.
Llegas a Tokio y te cruzas con un Zara. En Marrakech, una hamburguesa con pan brioche. En Bali, una terraza con neón que dice good vibes only. En cualquier parte, un café que sabe exactamente igual al que tomas los lunes al lado del trabajo.
Y lo celebramos… “Qué ilusión encontrar algo conocido tan lejos.”
Es curioso: antes viajábamos para que lo desconocido nos descolocara. Ahora agradecemos que no lo haga demasiado. O dicho de otra forma, que no nos incomode. Porque hay que reconocerlo: viajar es incómodo. Bueno, lo era.
No es culpa de nadie en concreto. Es un proceso limpio, cómodo, eficiente. La globalización no entra con botas llenas de barro y cosas; entra con WiFi 5G. A golpe de scroll hemos aprendido cómo vestir, qué desayunar, cómo posar, cómo bailar, cómo decorar una casa en Oaxaca o en Oslo con exactamente las mismas plantas, las mismas lámparas y la misma tipografía minimalista con frase inspiradora en la pared.
Lo local se ha convertido en estética que copiar. Y lo global, en costumbre que transitar. Las grandes marcas levantan edificios idénticos como quien planta banderas invisibles. No conquistan territorios: los normalizan. El mismo logo. La misma distribución interior. La misma música de fondo. Todo reconocible. Todo seguro. Un déjà vu itinerante de carácter permanente. Y, mientras tanto, lo verdaderamente singular —esa tienda diminuta, esa receta que solo existía en aquella calle de la que no recuerdo el nombre pero sé llegar, esa manera concreta de celebrar algo— va perdiendo espacio. No porque sea peor. Sino porque no escala. No vende a lo grande, vaya.
El turista también ha ayudado, sin mala intención. Ha pedido su café con leche exactamente “como en casa”. Ha buscado su cerveza habitual. Ha preguntado si hay algo “más internacional” para comer porque “aquí todo pica”.
Sumergirse en un lugar exige aceptar que no gira en torno a ti. Y eso cansa un poco.
El resultado es un mundo en el que todo está en todas partes. Un Starbucks. Una Heineken. Una pizza. Una playlist idéntica sonando en un bar de Lima y en otro de Estocolmo.
Cada vez cuesta más saber dónde estás sin mirar Google Maps. Estar de viaje o no empieza a parecerse demasiado. La única diferencia es si trabajas o no mientras tanto.
No es una tragedia. Es, simplemente, un síntoma. Y como todos los síntomas, acaba normalizándose. O explotando en vete tú a saber qué. Hasta que un día llegas a un lugar remoto, miras a tu alrededor y todo te resulta familiar. Demasiado familiar. Y esa familiaridad ya no tranquiliza: aburre. Ahí empezó a germinar Rituales sin territorio.
La idea es sencilla y, a la vez, incómoda: ¿qué ocurre cuando un ritual profundamente local se desplaza a un contexto donde no debería existir? Un encierro en Manhattan. Dragones de Komodo en Bali. Dromedarios en Chaouen.
Imágenes imposibles tratadas como si fueran reales. No es fantasía. Es una metáfora. Si todo puede estar en todas partes, ¿qué impide que cualquier cosa aparezca en cualquier sitio?
La serie no pretende burlarse de las culturas. Ni idealizar un pasado puro que probablemente nunca fue tan puro. Es una reflexión visual sobre la homogeneización. Sobre la facilidad con la que intercambiamos contextos. Sobre lo rápido que aceptamos lo improbable cuando encaja con nuestra idea de mundo global.
En las imágenes, los mozos miran a los animales con respeto, con cálculo, con miedo. No corren por deporte. Corren para no ser arrollados.
Como nosotros.
Intentamos adaptarnos a un mundo cada vez más uniforme, mirando de reojo aquello que avanza con fuerza y que parece inevitable. Quizás ajenos a que la bola crece y cada vez gira más rápido y nos acabará pillando. Pero bueno, mientras corremos, no hay problema. Nunca lo hay hasta que pasa algo.
Lo más inquietante no es que lo extraño aparezca en el lugar equivocado.
Lo inquietante es que nos parezca normal. Que nos lo podamos llegar a creer.
«¿Esto es verdad?»
Si llego a Uzbekistan, me encuentro un Bershka y me hace ilusión. Eso dice más de mí que de Bershka.
Rituales sin territorio es, en el fondo, una pregunta visual:
Si todo está en todas partes, ¿dónde estamos nosotros/as?
Cómo se hizo - ¿Por qué así?
La serie toma un ritual profundamente local —el encierro de San Fermín— y lo traslada a contextos donde no debería existir. No para “imaginar qué pasaría”, sino para evidenciar una lógica contemporánea: la de una cultura que se replica, se exporta y se consume sin necesidad de pertenecer a un sitio. El resultado no busca ridiculizar un lugar concreto ni una tradición concreta. Tampoco propone una parodia directa. Lo que plantea es una crítica visual a la globalización cultural, entendida como la repetición automática de comportamientos, tradiciones y formas de estar en el mundo, independientemente del contexto que las hizo nacer. La sátira apunta a algo más amplio: a la sensación de que, por acumulación de copias, el original se diluye; y de que por exceso de disponibilidad, lo excepcional se vuelve rutina.
La metáfora visual: si un encierro puede aparecer en cualquier parte, entonces cualquier cosa puede. Y si todo puede aparecer en cualquier parte, el mundo deja de ser una suma de territorios para convertirse en un catálogo de realidades intercambiables.
Rituales sin territorio propone así una reflexión sobre identidad, desplazamiento y repetición. Sobre cómo las tradiciones viajan, se exportan, se imitan y se vacían de contexto. Y sobre cómo, en un mundo globalizado, se fuerza el intento por mantener una esencia ajena, incluso cuando su sentido se diluye.
En estas escenas, lo imposible se presenta como cotidiano. Y esa es la broma seria: la globalización como la capacidad de encontrar “de todo” en cualquier sitio… a costa de que todo termine pareciéndose.
Las imágenes han sido desarrolladas mediante procesos contemporáneos de creación visual, utilizando herramientas de inteligencia artificial como extensión del criterio autoral, del mismo modo que en su momento lo fueron la fotografía digital o el retoque. La tecnología no define la obra; el punto de vista, sí. La tecnología es el medio. El punto de vista, la obra.

