La serie Mundo absurdo es una irónica sobre la realidad que estamos normalizando. No es distopía. Es comodidad.

Un mundo absurdo no es un mundo inventado. No es una serie sobre el futuro. Es sobre el presente.
Un mundo absurdo no aparece de golpe. Se construye poco a poco. Con decisiones cómodas. Con pequeños “no pasa nada”. Con experiencias convertidas en producto.

Pagamos por silencio. Escaneamos espiritualidad. Alquilamos pobreza escenográfica. Consumimos aventura con WiFi. Pedimos café en la cima del mundo. Instalamos taquillas en el hielo.

No hablamos de moral. Estamos hablando de dirección.

Todo es plausible. Todo es reconocible. Todo está a un paso de suceder. O ya sucede.

“Mundo absurdo” no exagera. Solo encuadra. Y cuando encuadras lo cotidiano con un centímetro de distancia, aparece la grieta.

No es una crítica. Es un espejo. Y el espejo no grita. Solo devuelve.

Todo esto es solo el siguiente paso “lógico” de una cultura que convierte todo en servicio.
Y es que el absurdo no está en lo exagerado. Está en lo normalizado.

La serie “Mundo absurdo” no inventa nada. Solo desplaza un centímetro la realidad para que podamos verla mejor. Con la objetividad que otorga la perspectiva. Y quizás, desde allí, la pregunta no es si esto es exagerado. La pregunta es: ¿en qué momento dejamos de notar que lo era?

No estamos exagerando la realidad.
Solo la hemos empujado un centímetro.
Y ese centímetro ya es suficiente.
Las imágenes han sido desarrolladas mediante procesos contemporáneos de creación visual, utilizando herramientas de inteligencia artificial como extensión del criterio autoral, del mismo modo que en su momento lo fueron la fotografía digital o el retoque. La tecnología no define la obra; el punto de vista, sí. La tecnología es el medio. El punto de vista, la obra.

