Los tiempos en los que si no estabas, te lo perdías

Hubo un tiempo, la mayoría del tiempo, en el que los momentos eran únicos en el amplio y completo sentido de la palabra. No tenían repetición posible. Experiencias únicas que llegaban y se iban para no volver. O estabas allí o alguien te lo contaba mal en un bar días después.

Hoy, todo queda grabado y mostrado. Incluso lo que no sucede.

60.000 personas en un concierto con 60.000 móviles grabando lo que ocurre constantemente (incluso viendo el concierto a través de la pantalla para tener “el encuadre perfecto”).

Guardar para después. Para enlatar. Para mostrar. Para presumir. ¿Estamos viviendo esas situaciones o somos periodistas de campo?

Ver 10 segundos de otras vidas a través de una pantalla, ¿hacen que la nuestra sea mejor? ¿Estamos o no estamos? Es más, ¿dónde estamos? Probablemente en un mundo que cambia cada minuto de versión. Lo que no tengo claro es si cambia a una mejor, o a una peor.

Imagino que para muchas personas que no viven pendientes de una pantalla, el mundo sigue funcionando igual: alguien llega tarde, alguien se enamora, alguien pierde el tren. Para el resto, el mundo no para. Se resfría, llora, ríe o muere cada segundo.

¿Qué pasa por dentro cuando lo que pasa fuera se empasta constantemente? Cuando no duele. Cuando no emociona. Cuando no alegra. ¿Qué ocurre cuando, realmente, a ti no te ocurre nada? Si no estamos, nos lo perdemos. Y además, estar, como antes, empieza a ser raro. Porque estar exige una renuncia pequeña pero incómoda: no poder grabarlo todo. No ser capaz de enseñarlo todo. No llegar a contarlo todo.

Hay un reducto de cosas que se mantienen al margen. Una conversación que no quedó registrada. Una risa que nadie subió. La reacción de un animal que solo viste tú. Momentos prófugos que viven en el exilio. Antes, casi todo funcionaba así. Las historias circulaban de boca en boca. Y daba rabia no estar. Si no estabas en esa playa, en ese bar, en esa esquina o en ese concierto, simplemente te lo habías perdido. Y ya está. No había repetición. No había replay. No había archivo. Había memoria. Y la memoria tiene algo interesante: selecciona. Recorta. A veces exagera. Pero también protege porque normalmente se queda con lo bueno.

No todo necesita convertirse en contenido para existir.

Quizás por eso muchos momentos importantes de la vida siguen ocurriendo fuera de la cámara. En sitios donde nadie está pensando en subir nada. Momentos para los que no te has preparado y te pillan con el móvil el bolsillo. Un silencio compartido y disfrutado. Una discusión que arregla algo. Un niño que te cuenta una idea absurda mientras friegas los platos. Nada de eso tiene demasiado valor en internet. Pero lo tiene casi todo en la vida. El problema no es grabar. Ni siquiera compartir. El problema es cuando dejamos de estar porque estamos documentando que estamos. Cuando el momento pasa por la pantalla antes de pasar por nosotros. Porque entonces ocurre algo curioso: parece que estamos en todas partes, pero cada vez menos en algún sitio de verdad.

Y ahí es donde aparece una sospecha incómoda: tal vez el lujo del futuro no sea viajar más, ni ver más cosas, ni producir más recuerdos. Tal vez el lujo sea mucho más simple.

Estar. Estar de verdad. En un lugar, en una conversación, en una tarde cualquiera.

Sin archivo.
Sin prueba.
Sin público.
Solo con memoria.
Como antes.

Cuando si no estabas… te lo perdías.

Nota: espero que este artículo con quede en plan señor mayor nostálgico por “aquellos tiempos en los que bla, bla, bla y ahora mira”.

Nota 2: Leer sin distracciones… Como habrás observado, este artículo no lleva fotos. En parte, como pequeña analogía de lo que cuenta: no todo necesita ser documentado. Algunas cosas pueden simplemente ocurrir… y ya está.