La creatividad mal entendida es la creatividad no compartida

Hay una idea muy extendida —y bastante dañina— sobre la creatividad: que nace en soledad, que es fruto de una mente brillante, que pertenece a alguien. Que tiene autor, firma y propietario.

Y no.

O, al menos, no así.

La creatividad mal entendida es esa que se protege. La que se guarda. La que se defiende antes incluso de haber sido puesta a prueba. La que confunde idea con identidad. La que se vive como algo tan personal que cualquier roce se interpreta como un ataque. La creatividad mal entendida es la creatividad no compartida.

Durante años trabajé en agencias de publicidad. Lugares imperfectos, con egos, miserias y urgencias absurdas, sí. Pero también espacios donde, cuando funcionaban bien, ocurría algo poco habitual fuera de allí: las ideas dejaban de ser de alguien en cuanto tocaban el aire.

Soltabas una idea en una sala. En ese instante dejaba de pertenecerte. Pasaba a ser pública. Podía mejorar. Podía empeorar. Podía morir rápido o crecer hasta algo irreconocible. Y eso no era una amenaza. Era el proceso. A veces alguien la llevaba más lejos de lo que tú habías sido capaz. A veces la rompía sin querer. A veces no pasaba absolutamente nada. Y no pasaba nada porque el objetivo no era tener razón, sino llegar mejor.

Ahí aprendí algo que no se enseña en ninguna escuela: la humildad creativa. No la de bajar la cabeza ni la de callarte. La de no agarrarte. La de entender que una idea no es una extensión de tu ego, sino un punto de partida. Un borrador. Una hipótesis.

Cuando una idea mejora en manos de otro, no te han quitado nada. Si duele, no es porque la idea haya cambiado. Es porque la habías confundido contigo. Pero hay algo que en creatividad se menciona poco y que conviene decir en voz alta: la suerte existe. Y no como concepto romántico. Como factor real.

Puedes tener una buena idea. Compartirla. Trabajarla. Mejorarla en equipo. Pulirla hasta dejarla casi perfecta. Y aun así… no pasa nada. Porque no era el momento. Porque no era el cliente. Porque no era el contexto. Porque no era el día.

Y al revés: ideas correctas, incluso mediocres, que ven la luz porque estaban en el lugar adecuado, en el instante preciso, con las personas justas alrededor.

La creatividad no es una línea recta entre talento y resultado. Es un cruce de caminos donde intervienen el criterio, el trabajo, la generosidad… y algo que no controlas. La suerte no se fabrica. Pero te tiene que pillar observando. Alerta. Pensando. Y, sobre todo, compartiendo.

La creatividad no compartida se vuelve rígida. Se explica demasiado. Se defiende antes de existir. Busca validación constante. Necesita aplauso. Y, paradójicamente, cuanto más se protege, menos posibilidades tiene de que la suerte la encuentre.

Porque la suerte no suele visitar ideas escondidas en cajones. La creatividad no crece en vitrinas. Crece en el roce. En el contraste, el desacuerdo y las preguntas incómodas. En alguien que te dice: “¿y si no es por ahí?”

Compartir una idea implica riesgo, claro. Implica que no salga como la imaginaste. Que alguien la entienda mejor que tú. Que otro le quite capas. Que pierda partes que te gustaban. Que gane otras que no habrías pensado.

Pero eso no es perder control. Eso es darle opciones. Opciones de mejora. Opciones de encajar. Opciones —con suerte— de ver la luz.

La creatividad que no se comparte suele quedarse en estado embrionario. Muy pura, sí. Muy intacta. Muy “mía”. Pero también muy inútil. No llega. No se prueba. No se transforma. No toca nada. Y hay algo más: compartir una idea te obliga a separar dos cosas que muchos mezclan peligrosamente: tu valor como persona y el valor de lo que has pensado.

Si todo lo que propones necesita ser defendido como si fuera un ataque personal, no estás creando. Estás protegiéndote. Las buenas ideas no necesitan guardaespaldas. Necesitan recorrido. Y, a veces, un poco de suerte.

Hoy se habla mucho de creatividad, pero se practica poco en su forma más básica: poner algo encima de la mesa y aceptar que ya no es solo tuyo. Que puede mejorar sin ti. Que puede fallar sin que tú falles. Que puede mutar sin que tú desaparezcas.

Compartir una idea no garantiza nada. Ni éxito, ni reconocimiento, ni resultado. Pero no compartirla garantiza una cosa: que no ocurra absolutamente nada.

La creatividad bien entendida no es la que brilla en solitario. Es la que se deja tocar. La que se trabaja en común. Y la que, si la suerte acompaña, consigue existir más allá de quien la pensó.