Línea 8

Es curioso pero, a estas alturas tenía que estar en Colombia -el país- y estoy pasando por Colombia -la estación de metro- en la línea 8 (dirección aeropuerto… perdón: Canarias).

No recordaba el metro de Madrid así. Días antes de irnos a tener “algo que recordar”, me llamaba la atención (y me preocupaba) ver cómo todo el mundo se ponía el mismo uniforme para ir a la oficina. Se ponían “su cara triste de todos los días”. Caras que, cabizbajas, se concentraban en la pantalla de un “teléfono inteligente” entre parada y parada. Un año después, las caras tristes que me llevé en la cabeza (contra mi voluntad) a dar la vuelta al mundo han desaparecido (a decir verdad, temía volver a encontrármelas). Aquellas caras han mutado. Han dejado su lugar a inesperadas expresiones de… resignación. Lo pienso y me pregunto si eso es mejor o no. ¿Cómo saberlo? “Si me llevo a la tristeza y a la resignación lejos del metro” para poder encontrar una respuesta… ¿Es peor la tristeza por el amor perdido o que te inunde la resignación al ver que lo pierdes?

Sin llegar a una conclusión que me convenza, no todo es confusión. Observando, observando… miro alrededor y veo que el vagón ya no está lleno de “teléfonos inteligentes entre manos”. Los móviles han florecido y se han convertido en libros. Pequeñas vías de escape retro que vuelven del pasado para hacer soñar con otras vidas. De ayer… de siempre… y en auténtico papel.

Sin duda el metro de Madrid es camaleónico. Cuando “me lo presentaron” había risas, música, color… después llegó el gris, el silencio y la tristeza… Ahora veo que vuelven los libros. Que vuelven los sueños.

Es una señal. No está todo perdido.